No sé si por un deseo hace tiempo incrustado en la oscuridad de sus entrañas, K rompió con su mundo –con impulso enérgico y repentino. Enmudeció entre los colegas de trabajo, abajando su relación a lo escueto –excluidas esas expansiones que otras veces aliviaban la jornada. Se alejó de los amigos –no crea el lector que fue un aldabonazo abrupto e irrevocable: no lo fue, mas un dejarlos irse mansamente por desatención deliberada y elocuente desespero. La familia –censurada. Después, su soledad fue agostando cuantas cosas le hablaban en su mundo todavía: la televisión, la prensa, el bullicio del mercado o de las calles, el cine, el autobús o el teatro. Y ello, digo, por un deseo hace tiempo incrustado en sus entrañas. Nadie escrutó ese secreto –ni él tampoco, sufriéndolo tal rejón que le hurgaba en el costado. Y así, una oscuridad lo traía y retiraba cada día hasta su desolación más ciega –a la angustia o el augurio de una nada. Al final, con olvido voluntario de cuanto escuchara o en los libros aprendiera, tan sólo persistían unas palabras con ecos de adolescencia lejana: nunca quieras ir afuera, mas regresa a tu interior, porque en el interior del hombre…(en el interior de sí, y en soledad desnortada) es donde la verdad habita. Donde nos habita y habla.

©

Anuncios