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Cualquiera, después de nacer, tarda años en ganar la conciencia de sí mismo. Algún año, o meses al inicio, en que sólo se reciben confusas sensaciones del entorno –sin percepciones propias, excepción de las del cuerpo y limitadas. Y después, una distinción mayor cada vez de las impresiones recibidas –así como la identidad de sí que, paulatina, se afianza. Igualmente el pensamiento –avanzando en claridad, y su conquista. Esto, por lo que se dice del nacer, del crecer y su proceso. De la muerte –no se sabe. Aunque, para aquella que adviene por vejez y deterioro, he encontrado por los libros quien conjetura una desactivación también procesual y paulatina de los conductos que nos unen con el mundo. Deterioro de sentidos, colapso del pensamiento después de una degeneración poco a poco producida. De un modo, dos umbrales –que establecen la extensión de la conciencia que tenemos de nosotros y las cosas. También, las situaciones extremadas donde la vida se pone en riesgo –el estado de excepción desde sí mismo. Y más allá, por uno u otro de los extremos marcados, lo incógnito –lo sagrado. Como dos noches que señalan un límite del poder de disponer de nuestro entorno –el nacer y nuestra muerte. La vida, desde ahí, mundanalmente produciendo su absoluto.

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