Voy a decir algo en estas líneas sobre La Venus de las Pieles, obra teatral que Diego Martín y Clara Lago han interpretado con convicción suficiente y –en la plasmación de caracteres- con ágil versatilidad. Por ofrecer algún dato más de la ficha: autoría David Ives, David Serrano -versión y dirección. Sobre las tablas, una escena de amor y sometimiento –con esbozos, no análisis todavía, de una metafísica masoquista solidaria con su referencia novelesca -la obra del mismo título, de Sacher-Masoch. Sólo que, y miren que no sabría decir por qué, en términos amatorios en esta escena he advertido una tentativa indagatoria de alcance universal. Algo así como un trascendental que, en medidas cambiantes, configuraría cualquier relación amorosa en la que intervenga la pasión. En la obra, es claro, llevado todo ello hasta el umbral de dramaticidad que es exigible en obras de este jaez. Con dos acciones simultáneas –la metaescena, y la escena propia del actor- reproduciendo una misma lógica y una sola identidad. Al salir de la platea, me venía al pensamiento lo acertado de calificar de tragicomedia cuanto se había desenvuelto un par de horas atrás –como en Calixto y Melibea, cuya nuez también porta ese ácido ingrediente del drama y de la pasión. O como Propercio, coetáneo de Jesucristo y escribiendo desde Asís, en unos versos elegíacos y tremendos: vinceris aut vincis, haec in amore rota est. Vencer o ser vencidos, esta es la rueda en el amor.

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