No me digan que llamar viernes negro a un día de rebajas, no tiene su misterio. Como su misterio tiene también la facilidad con la que estos emblemas de calendarios foráneos penetran en sociedades hace siglos asentadas. Por lo que a mí hace, veo con curiosidad el gusto americano por las denominaciones de iniciados –casi tétricas. El Halloween por ejemplo, junto al Black Friday sobre el que escribo. El caso es que estos jalones de los yanquis tienen correlatos en fechas no distantes en otros lugares del planeta –la cosa sonaría diferente, por ejemplo, si llamáramos entre nosotros carnaval o las rebajas –en sus días, y por sus nombres. No vería objeción en el asunto, si no se amenazara con una homologación universal y uniforme de los nombres, de los modos y las fechas –en experiencias y días feriados de calendarios de por sí muy comunes para todos. O más allá incluso, con una supresión del eco cosmológico de nuestras tradiciones –solsticio de invierno, en las rebajas de Pascua-, o contestatariamente religioso –carnaval, con sus disfraces coloridos y variados.

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