Un jesuita, profesor de moral, lo decía a sus alumnos aspirantes a ingresar en el estado de los clérigos: que la sexualidad comenzó a sufrir un derrotero menesteroso en el seno de la Iglesia –a partir de San Agustín, siglo IV, y su doctrina. Sobre todo, decía el jesuita, por constituir la libido una fuente de placer sobremanera atrayente. Pero, ¿qué mal se ha de ver en el placer, y por qué se ha de causar sobre él esta censura? Así, aquel profesor lo proponía. También, y en otro orden del discurso, he leído a escritor liberal y combativo ironizar con el atractivo que la prohibición y el tabú propiciaron a un intercambio como lo es el sexual –ordinario, higiénico, reproductor y en casos rutinario. Sabe el lector del Blog que el maximalismo me parece consigna a evitar comúnmente –y así, sin ánimo de llegar a conclusión definitiva ni análisis completo, entiendo que la normalidad del instinto en la Iglesia ha ido siendo una conquista no acabada, como siempre y casi en todo. No una conquista heroica a partir de convicciones defendibles –mas por desgaste y cansancio, por el curso de las cosas. Con la desafección que, cuando menos relativa, se produce en tales circunstancias. Por no hablar de las zonas de sombra que el tabú siempre produce –confusas y que en casos muy abyectos, amparan y encubren o cobijan.

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