No es infrecuente, con los años, haber convivido alguna vez más o menos de cerca con un loco. En la modalidad que sea, o en sus grados. Y tengo para mí que, sin entrar a analizar la naturaleza interior de esa extravagancia o tal dolencia, el loco aparece como alguien que irrumpe sin oportunidad ni permiso en nuestras cosas. Que perturba. A veces, incluso con maldad a sabiendas ejercida. No hace muchos días, uno de ellos subiendo la escalera a pie enjuto –respirando con fuerza, sin jadeo. Con una decisión insensata pero firme trasluciendo en la tensión del rostro, en el brillo con fijeza de sus ojos. Al llegar hasta la estancia, una historia que hace años para él permanece inamovible –en el mismo lugar, la persona mismísima y los hechos. Repitiendo lo de siempre con vehemencia, sin resquicio a intervención de los otros ni respuesta. Cautivos de urbanidad los circunstantes, súbitamente el loco regresa a la escalera –palabras de desprecio, insultos para los que arriban permanecen. Patada en la pared y saliva que afloraba –amarilla y espesa en comisuras descompuestas de sus labios.

©

Anuncios