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Ayer escribí sobre la viveza particular de la música que perdura en el recuerdo. Cómo la llevamos con nosotros, nos sigue y acompaña aun cuando no se halle presente –sonando a los oídos. Hoy, vengo en considerar que tal vez su vivacidad se deba a la naturaleza temporal de este arte: el ser, en lo esencial, un tiempo en movimiento. Tiempo desenvolviéndose, que evoluciona en volúmenes cambiantes, en aceleraciones y retardos sucesivos, en piruetas de ascensiones y caídas más o menos veloces –moduladas. De ahí tal vez, de ese movimiento en que consiste, su viveza al resonar en los estribos del recuerdo. No un rememorar tan sólo, como puede suceder con esas artes espaciales que se ofrecen a la vista –cuyo recuerdo nos muestra un lugar visitable, pasado y retornable aunque no capaz de acompañar el desplazarse de la atención mudable –nuestro divagar, su movimiento. Ello no obsta, sin embargo, para que el recuerdo de las músicas vaya acompañado de impresiones sensitivas visuales. Así, arpegios del órgano de Torre de Juan Abad –magnífico, en La Mancha- pasado ya el concierto y asociados a las luces, el sosiego, los colores de ese cielo –de esa tierra y esa gente.

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