Hace semanas, asistía a unas jornadas públicas dedicadas a asuntos de la ciencia –protagonistas, estudiantes de enseñanza media, con stands también de algunas facultades universitarias. Un placer, que lo fue, escuchar a un alumno del segundo año del bachillerato explicando –para algunos que allí estábamos- la proporción áurea: ese número sagrado que define una armonía –el universo. Y así, nos mostraba grabados matemáticos ofreciendo a la vista la progresión geométrica según esa matriz de la belleza, como también conchas de moluscos guardando la misma proporción por una generación natural sin intervención de mano de hombre, la proporción áurea también por la mano del artista en el orden escultórico, así como una explicación del Partenón –donde los antiguos usaron asimismo para los siglos esa proporción, en los órdenes canónicos que rigen la arquitectura. Sugerí al alumno que preguntara al profesor de música, en relación con la vigencia de esa magnitud sagrada en el orden de tal arte. Con una ventaja para el amante de los sones, sobre la contemplación visual de la belleza: la persistencia de ritmos, armonías y sonidos en los estribos y yunques que almacenan la memoria –donde perduran vivos, con vigencia superior al almacenaje de recuerdos que, escueto y sin contextos, facilita el sentido de la vista.

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