Estoy dando en pensar que la civilización se une necesariamente con la búsqueda de placeres perseguidos en sí mismos. Es claro que cualquier animal ejecuta acciones placenteras: el comer, el correr, el sestear, el beber, el copular. Sin embargo, esas acciones vienen exigidas por la naturaleza propia –como incentivos que sirven al propósito final del individuo o al interés de la especie universal: en términos exactos, supervivencia no menos que procreación. No así los hombres, que a esas actividades animales, les sumamos otras -ociosas con vistas al sobrevivir o al perdurar. Y no refiero tan sólo placeres tales como el refinamiento en la mesa –recuerdo ahora, las páginas de la antropología sobre lo crudo y lo cocido-, o la sofisticación del ejercicio sexual. Hablo en cambio de actividades ociosas en sí mismas –con vistas a un modo escuetamente natural: espectadores de historias en la pantalla del cine, escuchadores de música, gustadores de deportes de aventura. Entre ellas, escritor reputado y respetable ya hace años –incluía el placer, molesto y pernicioso que éste fuera, de fumar.

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