Ofrecer comida de la mesa propia a aquel que llega, es en las tradiciones que vienen desde Roma un gesto de hospitalidad. Ese valor que en religiones semíticas alcanzaba el grado de precepto dictado de lo alto –que redime y ennoblece a quien lo cumple. Por esa hospitalidad, Sara fue bendecida en su vejez –lo dice la Escritura. Esa hospitalidad de las Bucólicas romanas, de Virgilio. Quiero creer que, en esta cuenca mediterránea que nos une, esa bendición no se ha perdido del todo –que, bajo formalidades diferentes, pudiera perdurar en un mundo que para bueno y para malo nos acerca demasiado. Entre tanto, y en España, aquel si quiere… o el más elaborado si usted gusta… dirigido a quien llega mientras en la mesa se comparten los manjares. Que siente bien, o que aproveche… O –tal vez se va olvidando- cuando el transeúnte arriba una vez la colación ha terminado y sólo restan los despojos: si usted quiere, se puede mejorar… Esa delicadeza popular y exquisita en las maneras –una pasada o un gozo, como cosas tantas que se van, o que pugnan por quedarse y perdurar.

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