Que era una costumbre fea de la infancia -censurado ese hábito por padres y maestros. Y también, junto a la acción fea rozando las mucosas y los dientes, la queratina en las yemas de los dedos quebradiza y astillada. Y los dientes, gastándose su filo –romos poco a poco en plazo breve. También lo hacían los adultos, ese vicio no moral sino higiénico y de salubridad muy mucho discutida. Para ellos, los adultos, la censura era firme pero oculta –a sus espaldas. Una sociedad convencida en su valor y concienzuda –sin que se aguardara una distensión sin rigor y sin criterio, ingenua como era por entonces y no desinhibida todavía.

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