En la escuela no fuimos dispensados de saber de batallas, derrotas, sufrimientos, dramas de pobreza –romances esteparios, fronterizos o desérticos, con desolación peninsular en siglos aciagos de la historia. Nadie edulcoró la niñez con fantasías –fantasías las hubo, pero nunca como una mostración de la cara buena y sesgada de las cosas. Hubo fantasías que nos transportaban al origen –donde los niños, y los hombres, se regocijan y lloran según la alternancia de los tiempos y sus tornas. Y a veces, por lo que sobre mí y el que fui voy conociendo, advierto que allí nació esta aptitud para no incriminar sin sentir que en el drama no hay espectador en la distancia -sucumbe el barco entero. Como una narración sin distancia del lector –habitando en el haz y el envés de la vida que discurre en sus relatos.

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