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No es cosa de traer contra la adulación argumentos que puede saber cualquiera. Ni de entretener con ello a quien lee y a quien escribe. Sin embargo, hay que decir que en la vida pública demuestra poseer efectos implacables –y no hablo solamente de la adulación del gobernante por su entorno, ni cosas parecidas. Por el contrario hablo de una adulación estructural, gravosa y destructiva: la adulación del pueblo por sus propios gobernantes. Esa adulación que la democracia ha conocido, intensa, en algunos decenios y en España. Con complicidad, en casos, al precio de palabras vacías, dispendios generales y favores. Como una granjería consentida o concertada –al precio del presente de muchos, del futuro y de los días. Cuando el aire comenzó a soplar de cara y enfrentado –quienes lo alentaron lo reniegan, lo mascullan y lo saben.

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