Un púber, hormonado y de apetito muy mayor que oportunidades efectivas, entre indignado y sabio me decía que las mujeres están dotadas de mirada periscópica. A propósito del momento de entrar en discoteca –sensación de ser visto por miradas femeninas numerosas y latentes, furtivas o emboscadas, y nunca claramente dirigidas. Supongo que en medio de un sentirse objeto de atención desdeñosamente hipócrita –hasta no saber qué postura juvenil fuera más conveniente a su propósito libidinoso y fallido de antemano. Y yo a ese púber lo comprendí y lo comprendo porque la mirada de los otros, si es escudriñadora, se nos pega a la piel –nos avasalla o acorrala, nos constriñe. Otra cosa es cuando advertimos que un instinto felino nos ha olido –con ese sentido no tan valorado como lo fuera la vista. Entonces, el sentimiento no es de acoso corporal ni de un agobio envolvente –aunque el olfato recíproco de quien ha sido escrutado aguarde la dentellada aguda, sorpresiva y repentina, llegando de un lugar inexplicable donde nadie se encontraba.

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