Estoy recortando en mil trozos papeles diminutos. Sobre la mesa, cubriendo en un desorden su tablero. Con un ruido silbante, fricativo, de tijeras. Ese placer de hundir en la fina superficie la hoja acerada y penetrante con su filo. Estoy recortando, sin por qué ni para qué, estos papeles –su caos, pretendido. Tendiendo hacia un cero infinito la probabilidad de reconstruir azarosamente la integridad de su origen. Así, en ocasión lo dije a profesor de lenguas muertas: como recortar, una a una, las palabras todas de la Ilíada –arrojarlas al viento, y después verlas caer en el orden en que Homero las pusiera. Estoy recortando, arbitrario, estos papeles –como los días se recortan en el filo implacable de la vida que vivimos, por segundos. Hiriendo la blanda superficie de los odios, los amores y trabajos –en un deshacerse, mientras juegan inconscientes con la probabilidad anónima, absoluta –tal lo hace la memoria con las palabras de Homero.

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