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En el mundo de internet, también se busca un nombre, una voz, un prestigio o una identidad. Ser creíbles –dignos de ser oídos. Una autoridad virtual. Cosa difícil en mundo tan concurrido –sobrepoblado, incluso- como lo es la red. Incluso, más todavía, si se considera que es lugar de multitudinario parloteo -donde el crédito que se adquiera tiene como medios o avales casi exclusivos el tema, el tono del argumento, y la autenticidad de la propia voz. Queda establecido, por lo tanto, que distingo el alcance mediático de la escueta autoridad –aunque, en ocasiones, ésta pueda contribuir. Otra cosa diferente es la satisfacción de quien sube contenidos a la red –impresión subjetiva de un reconocimiento, no asociado necesariamente a la cuantificación del contador de las visitas -o en caso contrario y con simpleza, del alcance viral que bajo el propio nombre sea posible obtener.

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