En el colegio y en la infancia, una historia que invariable relataban los maestros: el paciente en el dentista que, no sabiendo usar adjetivos como antepenúltima, última y penúltima –perdió tres de sus muelas por errar al decir cuál de ellas le dolía. Para encarecernos la importancia de ser aplicados, diligentes de lección y estudiantes concienzudos. Niños todavía, no se advertía que el paciente pudiera haber errado por causa de dolor tan fuerte y tan difuso –entumeciendo y estorbando la distinción precisa y sensitiva en el espacio reducido de las muelas, donde el dentista inquiriera o preguntara ignorante del dolor o sin sentido.

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