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Los años felices, y muchos, en que tuve alumnos –gocé de esa fortuna- procuré mantener en el aula una devoción compartida hacia la materia que explicaba. Debo añadir que nunca me costó notable esfuerzo –atentos, ojipláticos que estaban ante la novedad y destello que la filosofía a su olfato juvenil les suscitaba. Entre ellos, siempre insistí en que no se debía confundir al filósofo con el profesor de la materia. Nada difícil de hacer ver a un adolescente. Poco a poco, leyes novedosas –acertadas no sé cuánto- fueron abajando el peso de ese saber tan singular en los planes de estudios de los jóvenes. Compañero tuve que afirmaba que, tras la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE) todo nuevo gobierno de izquierdas había comportado una catástrofe añadida para la presencia de la materia en estas aulas. Parece que la hodierna LOMCE no ha sido mejor en este aspecto en nuestra España. Como tal, un saber en retroceso –no demandado, sin utilidad para el sistema productivo a cuyo servicio la educación terminó por concebirse. Hoy, leo en los papeles que los profesores de ese saber antiguo y de nobleza despojada comenzarán, tal vez y si se aprueba, a impartir –con menor solemnidad y más al uso, Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial como materia.

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