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El político taimado, principalmente aguarda la justa coyuntura. Con gesto de inmovilidad en el fondo del discurso –tópicos, clichés, retórica de uso acomodado, pacíficas rutinas que no incitan ni incomodan la pasividad del elector, o al auditorio. Mantener, en ralentí, la presencia pública y mediática. Hasta que la coyuntura gira su orientación, su dirección o su rumbo. Entonces, si el viento comienza a soplar discreto y favorable, movimientos tácticos –prudentes y estudiados. Para alcanzar la cresta, no por impulso esforzado o meritorio –sino como un connatural ser transportado por la circunstancia que lo hace valer, que lo acredita y lo encumbra. Ello puede más que la voluntad esforzada y el asalto, aun cuando el discurso precise de traer esas consignas -pero sin virtualidad, desactivadas, como un aval del crédito que se persigue y un crisol de la auténtica doctrina.

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