Su habilidad, el funambulista la avala con el precio de su exposición a muerte. El espectador no aguarda su destreza si no va acompañada de ese riesgo perceptible –aunque fuera amortiguado por la tranquilidad que la malla le ofrece al público expectante. Se asiste entonces a un modo de eludir la seriedad del juego y de su apuesta -con seguro ante el fracaso concebible, con predilección también por el lado de la multitud absorta en su silencio enmudecido y cortante. Lo otro –la efectiva exposición a muerte: un billete que el funambulista extiende por mantener una convicción que pretende afirmarse de antemano, su solvencia. Ayer el funambulista Nik Wallenda cruzando, a ciegas y de noche, el cable tendido por encima del abismo que enmarca la altura de dos rascacielos enfrentados de Chicago. Unos pocos metros bastarían para un riesgo letal, a muerte y definitivo. Sin embargo, aquí se apuesta el valor de lo sublime: el pánico del común ante la vertiginosa altura y el imponente vacio. Sobrepujando el gimnasta sobre el miedo que padece, entre tanto y a ras de las baldosas, un gentío enmudecido de estremecidos mirones.

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