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A quienes adquirimos el hábito del escribir nocturno, la luz de la mañana nos parece excesiva para actividad tan íntima. Por razón semejante a la molestia de verse interrumpido por voz externa –mientras en el pensamiento se acaricia el adjetivo exacto, o se gusta cómo quedaría la música interior de las palabras –melodía o sonsonete. Mas si el escribir por la mañana acaece en mañana de domingo, entonces ese acto tan privado parece como expuesto a una luz impúdica con que otros lo escudriñan –tal corbata, camisa planchada y zapatos relucientes para misa de once y media. O tal vez no lo sea para cualesquiera escritores nictálopes, mas sólo para algunos –o al que escribe solamente. O incluso no haya hábito de escribir nocturnamente, mas una predilección constitutiva y no explicada.

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