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El gobierno de José María Aznar –sucesión prevista por en medio- concluyó con trauma descomunal de atentado en el ferrocarril de Atocha, en días inmediatos a la elección de nuevos diputados. No fue, por tanto, un relevo normal de la representación en Cortes –no digo de partidos todavía. Se acudió a votar bajo esa impresión imposible de obviar para una democracia –qué hubiera sido sin ello, sería un aventurar de conjeturas en medida. Sin embargo, el rebote electoral y moral que se produjo –su intensidad tremenda- imprimió un desvío, una nueva dirección a lo que algunos aguardaban en resultados no globales de las urnas, en ocupación de la conciencia social durante años, en impulsos de la oposición y del gobierno. Meses antes, hoy, de un nuevo concierto democrático con las urnas –catástrofe de crédito alcanzando a los partidos, menos uno. Perspectiva de otro impulso y de un nuevo desvío –más profundo. Afectando al binomio de partidos que sostiene la estabilidad de este sistema. Sin obviar la extensión y lo grave de los hechos sucesivos desde tiempo conocidos, pero en apariencia de encontrarse ante un ciclo que se ahonda y se replica.

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