El estamento militar, los civiles lo rozan cuando visitan archivos, museos, asisten a paradas castrenses, a juras u homenajes de banderas. Allí, bajo el rigorismo de las formas un aire de familia –sólo de ellos- se intuye desde el puesto de guardia o en la entrada. Un aire de familia por de dentro. No hace mucho, en archivo del ejército de tierra –la soldado de la entrada, al teléfono: a la orden de usía, mi coronel… y después, la novedad o el mensaje que precisa transmitirle. A la orden, mi coronel ­–el cierre del mensaje, como un corto y cuelgo lleno de formalidad y deferencia aprendida. Después, un capitán comparece con galones brillantes e impolutos –cordial, profesionalmente cordial con el que llega. Entre tanto otro hombre de paisano, barriga flácida y excesiva, pantalón marrón gastado con correa y un polo blanco que resalta su grosura –entrando desde la calle. Achaparrado, bajo y con bigote, saluda confianzudo al capitán y a la soldado. Sonríe familiar, con afabilidad que le sale por sí sola y del adentro. Al abandonar el archivo, la soldado de la entrada sin precisarlo explica a los civiles esa escena: un sargento recién pasado a la reserva –no se habitúa, todavía aquí hay símbolos, personas y pasado inexcusables. La milicia de su vida.

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