Hubo en el país un tiempo en que la política quiso llamar errores a lo que eran latrocinios o delitos en cualquiera de sus formas. Errores, con su dejo de involuntariedad y de compunción hipócrita y fingida -sin sujeto declarado o conocido. Hoy, lo que indigna juntamente con el robo es la orquestación por decenios del encubrimiento general –con argumentario cínico y de muchos consentido.

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