Una máquina de escribir, siendo adolescente, era para mí un objeto revestido de aura. Aquellas primitivas, cuyos armazones metálicos permanecían a la vista –sus engranajes, su teclado comunicado con los tipos a través de artejos aplanados –inquietantes como insectos trabajando el vientre en movimiento del codiciado artefacto. Más tarde, aquellas máquinas con caparazón de metal, o de plástico las otras más modernas. Golpeando el rodillo con una velocidad que ya se contaba en crecientes pulsaciones y minutos. Después, aquellas otras portátiles y amanosas –para una mesa particular de estudio, o de domicilio de profesional o de estudiante. Yo soñé con tener una de ellas. La veía, a diario, en el escaparate de una ferretería en calle céntrica e iluminada –entre utensilios, cacharros y utillajes… Diminuta, color rojo. Disfrutaba en pensar los libros que con ella escribiría –imposible el ahorro infantil para adquirirla. Cuando conseguí lograrla, escribir se tornó en acto solemne y recoleto. Como si la máquina prolongara, diera voz y oficio a un deseo que –anterior- había nacido –la escritura.

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