Nada como las campañas, si las orquesta el gobierno. Por los medios disponibles y empleados –o por esa mística de la autoridad que habla omnipresente, y cuenta con la presunción sociológica de ser creída. O contaba en otro tiempo. Lo vengo a decir por el desgaste que el crédito ha padecido en esta España –hasta sepultarse en el escombro de toneladas de corrupción y delincuencia, impune no es lo menos –pero hidra, instalada, inextinguida. Campañas… cómo no rememorar las emprendidas años hace -contra el funcionariado. Empleos inamovibles, gastos improductivos, ineficiencia frente a otros estamentos más privados… el sumo de los males que la nación apenas soportara. Sin que ese elenco hiciera relación a quienes, electos o cooptados, neutralizan u organizan el servicio –lo sofocan. Hoy, funcionarios levantan legales barricadas contra el atropello del sistema –operación púnica, por vez enésima el aguijón incontrolado en la víscera o la médula. Y ya, cuando se agotan las retóricas y la legitimación se trasunta en ofensa al intelecto, algo crece sin vertebración ni formulación alternativa –la irritación, la patada en el banco y derribarlo, más que el solo y blando descontento.

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