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Ávila, intramuros de la ciudad, tiene un paseo que fuma en pipa. Cuidadísima, patrimonio declarada universal por la UNESCO, con su trazado romano en el origen –el cardus y el decumano cruzándose en el foro, plaza que hoy es del mercado Chico. O del ayuntamiento. Con muralla completa e impecable –y, en los adentros y nocturno, escuchando sus pasos quien camina entre penumbras de palacios. El de los Dávila –prioritario por antigüedad y abolengo-, y también el de los Velada –familias poderosas y rivales en sus siglos. Extramuros -lo dejo para otra ocasión, de momento. Por allá se ven, de día y esporádicas, filas de japoneses con sonrisa y con cámara de fotos. También algún que otro peregrino –Santa Teresa atrae con luz propia. Mas, sobre todo, turismo –así lo creo- nacional. Escapadas desde Madrid, de modo preferente, para solearse y comer en fines de semana. Algún que otro congreso. Cosas que cuidar –toda vez que la provincia carece de otras fuentes bastantes de riqueza. Razón por la que pudiera ser suicida concebir al visitante tal rapiña –sin lugar a donde acuda en que no salga, por ventura, desplumado.

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