La literatura escrita suscitó fascinación en tiempos en que un barniz romántico untaba de luz mate a una juventud de gin tonic nocturno, y de ambiente suburbial o algo bohemio. Hablo de España y de los años setenta u ochenta del siglo que se ha ido. Y al decir esto, distingo el contenido de la obra literaria –de su forma, que la hace ingresar en el club de literatos con su valor añadido. En esos decenios, cotizábase la forma literaria –sin saberlo, incluso sin conocerla o practicarla con suficiencia bastante. Digo con esto que mucho joven, de conocimiento de métrica sin adquirir o menguado, se preciaba de haber escrito poemas verdaderos. Buscaba el poema, su forma –si bien su pretensión fuera errada o temeraria. Como un modo de prestigio en derredor –un reconocimiento próximo, que lo acrecía o elevaba ante sí y entre los otros. También, el lector –libro en la mano o bajo el brazo, en la glorieta o sentado a café con pose de lectura intelectual o algo subida. Mucho antes, más que fascinación el escrito acercaba a lo sagrado –por la forma también, y su misterio. Hoy, con excepciones que salvan, esa fascinación ha cedido en extensión social o en raigambre sociológica. No sólo por internet, lo supongo. Dejados los versos –imperfectos o iletrados- a un acceso universal en el plasma que los hace por igual irrelevantes –y con preferencia del lector por esa novela transitoria que, sin precisión literaria ni solemnidad tampoco –mas con eficacia ordinaria o común, relata historias ocurridas o inventadas.

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