Alguien se habrá encontrado en ocasión con persona de esas que enjuician con superioridad y moralmente aquello de lo que viven –o la comunidad o grupo al que indefectiblemente pertenecen. Hablo, porque se me entienda y por ejemplo, del clérigo que habla con displicencia y distancia de los curas, del español que se complace en mostrar los defectos enormes que los españoles a su entender padecen… no preciso más ejemplos para que se pueda columbrar de qué estoy hablando. Y creo que, en estas ocasiones, se revela un instinto de hacerse perdonar por pertenecer a grupos tales –mostrar que, con todo, hay una superioridad en quien habla que lo eleva y lo distingue. Con la premisa, claro, de que no sólo su sustento cotidiano –mas la seguridad de su discurso, y su aptitud para que su voz resuene y alcance a ser oída- provienen de aquello que denuestan, por un modo de complejo o de afirmación comparativa y propia. Los hay, también, que mantienen esa relación cuasi edípica con la humanidad entera: censurando la maldad de los hombres que violentan su entorno natural, por ejemplo nuevamente, frente a los gorilas que respetan el medio natural en el que viven. Como una censura a la razón, con la técnica y la ciencia como concreción humana. Hablando desde la razón, y sin embargo, para ensalzar el estado natural –el salvajismo.

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