Los cines, de barrio y de pueblo antiguamente, eran locales donde se mascaban pipas, se fumaba, se pateaba cuando aparecían los buenos y se advertía sonoramente al protagonista cuando –taimado- asomaba el asesino. Después llegó la época del televisor en blanco y negro –inicio de la desaparición de cines en poblaciones menudas-, del cine-forum como reducto del cultismo o como trasuntado cuarto de cabales. Sea por estas causas, o por otras añadidas, en el cine se dejó de comer, de hablar y de fumar –tal en los templos. Hoy vivimos un retorno matizado hacia lo inculto: la moda de las palomitas y la coca-cola con eructo –añadiendo un tono de vulgaridad, desconsideración y molestia indebida para quien abonó su entrada con propósito de ver una película en paz y con silencio. Pero, de momento, es lo que hay. Yo siempre lo echo en ver –aunque menos, cuando la película es de divertimento principalmente. Como hoy, Ben Affleck en Perdida (2014): un film desbordadamente largo donde todo aparece, se mezcla y se amontona –en un mostrar interminable de la realidad personal, sociológica y doméstica, bajo la apariencia contumaz que se urde con dolo y que se ofrece tal coartada.

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