El cine, con la multiplicación de sus efectos, fuerza los límites perceptivos de la época. Como un desafío a nuestro conocer el mundo por sus causas: esa ilación de acontecimientos que la costumbre nos hace aguardar inexorable el uno tras el otro, el humo tras el fuego. Y así, asistimos sin extrañeza a efectos desproporcionados y especiales –que en la sala hacen vibrar al asistente con la atracción de lo imposible acaecido en la pantalla. Multiplicando, en ello, la máxima de Aristóteles –en determinado lugar de la Poética: que, en la escena, se prefiere lo imposible verosímil a lo posible increíble. Pero no es sólo el umbral sensorial lo que fuerzan los efectos de pantalla. También los límites emocionales con los que integramos la experiencia. En decenios, he asistido a jalones en este pulsar de la experiencia en la pantalla. Y así y más que como ejemplo, recuerdo el estreno de Alguien voló sobre el nido del cuco –donde un Jack Nicholson, inquietante como siempre, trasladó un enjambre de terrores que el psicoanálisis sistematizó, la sociología extendía en el entorno, y el cine impulsa inexorable como estigma. No se sospechaba la interiorización de los terrores del alma, en el mundo fantasmal que, en El Resplandor y años más tarde, impondría el mismo Nicholson –y creo que para siempre. Cosa distinta es el Anthony Hopkins de Hannibal Lecter –donde una desmedida truculencia impone una transgresión inusual de los límites emocionales –reforzándose en una ejecución impecable que excita, y que repugna más allá del terror y de su faz cinematográfica.

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