Yo he conocido, con el tiempo, personas muy cristianas. Ya sé que el continuado abuso convirtió la atribución de cristianismo, primero en sospechosa –después, irrelevante. Diga el lector si, por acaso, el título que encabeza esta entrada no le hizo aventurar una líneas de ironía envejecida. Pero, incluso a riesgo de que fuera disuasorio, he querido mantenerlo: he conocido, e insisto, personas muy cristianas. Y en ellas he visto realidades –que no rasgos- permanentes o constantes: un vivir como acaeciendo en el interior de la fe, que por encima de todo las mantiene. Las he visto con una lucidez soberana sobre la indigencia propia –asegurados con sosiego donde no hay seguridad, en la esperanza. Una lucidez, la suya, que fácilmente pudiera confundirse con la escueta inteligencia –pero no: sin que esta cualidad del pensamiento favorezca ni obste al saber inexpresado que portan a veces sin saberlo, y que sin pretenderlo acrecientan.

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