De mi trato con amigos y filósofos, aprendí que el pensamiento rehúye lo acomodaticio y lo seguro. Y no digo que un pensador no busque una seguridad razonable en las cosas que elucubra, si bien cualquier opinión definitiva o asentada le parece perezosa e impugnable. De algún modo, como sucedía con la moral de los cínicos en el ágora: provocar para reavivar la plaza pública, y para evitar el público anquilosamiento. Todo esto me ha venido a la cabeza por la confianza que el amigo AG ha tenido –incorporándome de oficio a un grupo de facebook que recién se ha denominado contra lo políticamente correcto. Un modo de estar y de pensar de letales consecuencias para el ágora. Como un dogmatismo que busca ser interiorizado –transformándose en censura que agosta y que deseca cualquier posición vigorosa en el orbe de lo público. Ta vez, y por lo que en esa corrección pudiera haber de moralidad plebeya, convenga a nuestra Europa gustar el aguijón provocador de un cinismo inteligente –pensamiento y moral a pie de calle, que hagan regresar la voz y la fuerza al argumento público, basado en la razón y contrastado.

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