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Cualquiera debiera saber que los derechos no viven en un cielo platónico. Por el contrario, los creamos los hombres como un compromiso entre nosotros –llegados, por supuesto, a una cota de civilización razonable. Y, parece y lo creo del mismo modo, que la extensión universal de los derechos –su equiparación para cualquiera- no es mérito de la democracia en modo unívoco –sino de la civilización, cualquiera sea la forma en que ésta se organice. Otra cosa, la extensión de los derechos fuera de la especie. Derechos del animal, equiparables a los del hombre. Derecho a la vida, por ejemplo, tal valor inalienable. Por qué lo tendría un perro, y no una garrapata –un insecto que matamos por salubridad, o por la molestia que causa tal le sucede al mosquito. En este punto, Schopenhauer –pensador burgués de los inicios- enseñaba que la escala animal hacia la organización fisiológica del hombre provoca en nosotros un efecto aproximativo de reconocimiento propio –de donde engendraríamos para ellos derechos asemejables que, en el fondo, no son sino un beneficio discrecional que otorgamos a quien más se nos parece.

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