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Hablar es un acaecer sujeto a las leyes de la física. Flujo de ondas que cruzan el aire hacia los tímpanos –sonoras por propagación, por percusión o roce en la membrana. Ondas que significan, pronunciadas en nombre de algún alma –Carlos Edmundo de Ory lo dijo algún día por en medio de sus versos. Una marca, una huella que dejamos en el mundo de los hechos –unas ondas que juegan, acrobáticas, que vuelan tal una libertad por encima del orbe de lo dado: amo sus piros y amo mis terios fonológicos. Sin duda soy un lo, un co, un malabárico, desatando las sílabas lavadas en la música. Como entablando una amistad del alma con las cosas –las palabras. Quizás por lo que entre hombres la amistad necesita el conversar –el encuentro inteligente de uno y otro, como un malabarismo sin red en lo seguro y la distancia. Me vienen estas líneas tras un inusitado y delicioso hablar de amigos –en el parqué irrepetible, salones nobles –secretos-, en el casino de Murcia.

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