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Murcia, poco a poco fue cambiando algunos de sus bares de siempre por franquicias. Esas que tienen decorado de añoso bar de pueblo –mas sólo decorado. Otros bares, y muchos, persistieron. Pero hablo de esas franquicias que, por una metonimia indeseable, consiguieron más tarde dar aspecto de ciudad a centros comerciales en las afueras y lejos. No sé si Murcia sólo. Aunque un vigor nunca doblado ni vencido, hizo repoblar el centro con bares nuevos –de calidad hodierna y de precios ajustados. Las franquicias, diseminando su palmaria retirada ante una competencia de verdad, de tapa o de ración sin sofisticación ni contrahecha -sino auténtica y lograda.

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