Dos sueldos estables clase media bastaron a llevarlos al límite del engreimiento –a la destrucción de su mundo por soberbia, a su ruina. Por ese precio se venden almas tristes y mediocres. Cuando nada hubo, en tiempo, de valor en ellos mismos –en sus almas, ni peculio tampoco en su buchaca. Así la indignidad selló la contumacia incubada desde años juveniles: la prepotencia ominosa de quien sirvió en aquellos años tristes, el ridículo desdén de quien pidió -y a manos generosas fue escuchado.

©

Anuncios