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Hace tiempo, MP me decía que el éxito de algunas religiones reside en la simplicidad de su moral –de sus preceptos. De modo que el fiel puede enjuiciar su conducta bajo forma del binomio se cumple / no se cumple. Sin sofisticación ni aparataje. Con la eficacia performativa del lenguaje cibernético y la lógica. Y después, MP me apostillaba: por lo que, si la complejidad de la teología europea se hiciera valer ante los fieles –ello redundaría en incredulidad, abandono o desafecto. Una idea a extrapolar a la comunicación –cualquiera- entre los hombres, a saber: que sólo es biunívoco el mensaje emitido y recibido –cuando es simple de modo extraordinario. Que entre lo dicho y lo entendido se abre un foso, a medida que la complejidad del discurso encripta lo más elemental de sus razones.

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