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Hay ciudades que cambian y envejecen poco a poco, tal vez como lo hacemos los hombres. O si no las ciudades, cuando menos la vivencia que de ellas nos formamos. Yo recuerdo, por ejemplo, la Granada juvenil que conocí -llena de animación, de aliciente y de sorpresa. Ciudad que vivía por sí misma y por su pulso. Hoy, las veces en que regreso, la veo envejecida o como ajada –con pizca de barrio agitanado de suburbio, pero de alegría prestada del trasiego de turistas incansables. Con belleza de lección ya resabida, ciudad de conquista por lento asentamiento en barriadas musulmanas donde huele a subvención de petrodólar. Aquella ciudad donde los gitanos tenían, otro tiempo, el aire de norteños del continente vecino. Que no era por entonces ni mora ni cristiana –mas de gentes de allí, que allí vivían. Envejecen las ciudades, así lo digo, y a veces prestamente –más de lo que lo hacemos los hombres con el roce de los años. Las ciudades aventajan en que tienen, o pudieran, diversas o posibles juventudes renovadas. Que verdecen –incluso cuando es tarde, o a destiempo. O cuando encuentran –fortuna y tintineo adolescente- otros ojos juveniles que las miran, las descubren y las aman.

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