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A quién no le suena la máxima lopesca: oscuro el borrador, el verso claro. Casi un trasunto de aquel jalepá tá kalá del griego clásico: lo bello siempre es difícil. Y no creo ser el único que pudiera atestiguarlo. Aunque, a veces, lo bello adviene con frescura –con el don de esa juventud que gravita en suspensión en la atmósfera del alma, sin tiempo ni distinción. Juventud que respiramos sin saberlo –alcanzándonos con sorpresa alegre y alborozo divertido cuando menos lo pudiéramos pensar. No me costó mucho hace mucho, eso sí, pergeñar estos versos de contexto no gitano, pero sin duda en una luz inquietante del Albaicín:

Era como rosa blanca

florecida en mi jardín,

Paloma –blanca paloma-,

tu piel bajo el cielo añil.

Era como rosa blanca,

se sonrojó para mí.

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