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Atravesando, por abreviar el camino y gozar de la belleza, el crucero del templo catedral que une calle enfrentada con otra calle de enfrente, salvado el gentío de la puerta y también el que en el interior se arremolina después de los oficios –una misa con folklor regionalista-, escucho tras la reja del altar un grupo popular de coros y danzas cantando alrededor de una imagen –la patrona. Esa reja, todavía no 1500, habituada a la solemnidad gregoriana, al incienso, a capas pluviales rebordadas y a dalmáticas. Hoy bandurrias, panderetas, palillos o postizas y guitarras –albos delantales con puntillas que describen en el baile una media verónica torera. Abrumadas por la música, voces de sones simples y populares, no cultivadas. He visto, junto a devoción o fe –no quisiera yo enjuiciarlo-, una afirmación de algo todavía tal crisálida –consagración religiosa de las esencias ancestrales del pueblo, de la región y el terruño. Con su adobo de secularización moderna, y llevado hasta un extremo, lo que sería bastidor apropiado de cualquier nacionalismo.

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