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No hace tanto tiempo –o quizás sí, porque uno… ya no sabe…- se estilaba entre los jóvenes hablar del logro de una vida llena de significado. Así –tal si no fuera difícil saber de qué se estaba hablando. Como si el significado del significado fuera obvio en la vida de cualquiera. Por suponer un algo, podríamos entender que hay significado cuando lo que hacemos o decimos construye, representa o manifiesta una realidad que brilla ante nosotros de algún modo y nos importa. Aunque fuera el brillo negro de la desventura y la desgracia –en cuyo envés se oculta con frecuencia el valor de lo que, por ellas, no se tuvo o fue perdido. Y, por eso, pienso ahora que es la juventud el más metafísico periodo de la vida de los hombres: por el brillo de las cosas –aciagas o venturosas-, por la fuerza que imprimen el futuro y la esperanza, incluso por ese desdén heráldico que comporta el modo juvenil de los nihilismos. Pienso también que es senilidad el adormecimiento de los significados, su presencia amortecida ante los ojos –la indolencia con que uno, fuera un joven, va retirando paulatino su interés y su mirada -de su mundo.

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