Admiré tanto al escritor, y tanto esperé de sus versos, que no ha sido fácil escribir de él en cuanto amigo –después de que nos dejara. Así lo digo a pesar de que creí haber trazado su semblanza como quien profesa un afecto merecido, acreedor él por generosidad y talento. Pero, hoy, releídas aquellas páginas que hube encomendado a los lectores, revivo una veneración antigua y juvenil hacia el maestro –y el amigo también, percibido en una misma cercanía y en idéntica distancia. Así las letras un día nos unieron, mar a mar –orilla a orilla-, cada uno en su ribera. Así la amistad también: un sentir –en la distancia común, y el respeto. Como sucede entre amigos verdaderos –tal sucede, honradamente, con las letras.

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