He visto hombres, los más sabios que en mis años he cruzado, que derraman comprensión abundante y gran misericordia al enjuiciar sobre otros. Y no porque acciones o palabras torticeras no puedan alcanzarlos, mas por una indemnidad moral –que sosiega, que extiende una sabia magnanimidad, una altura interior no inficionable. Con la doble cara de esa virtud, por tanto: la compostura moral de quien enjuicia, el efecto reparador –también- en el entorno. Aunque esta virtud tiene su non plus ultra, su límite irrebasable -más allá del que decae en flacidez moral o en omisivo contubernio. Entonces el saber interior y su estatura se erigen en lograda autoridad, censurando con severidad en torno –sin clamar ni despeinarse.

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