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Iniciando la subida a Las Alpujarras, Lanjarón muestra el rostro amable de una feracidad natural domesticada en aguas saludables –en paseo vespertino y balneario. Allí se puede conocer el Museo de la Miel –en las afueras, por camino agreste a la altura y por detrás del deleitable merendero El Frenazo. De hecho, el hacer mielero de la zona es parejo con la variedad de pólenes, de néctares y flores de esa franja montuosa penibética. Al costado fértil y rocoso de Sierra Nevada, abierta a los vientos marineros del mediterráneo colindante, La Alpujarra tiene flora diferente según clima y altura –y miel de flores diferentes, según el nivel en el que el operario sitúe la colmena. En la tienda, me hablaban de la contundencia del sabor de la miel del castaño –rica en hierro, sobre todo. También me hablaron del polen –disuasorio el discurso del tendero: tal si este producto de la abeja contaminara de rudeza todo alimento que con él se entremezclara. No hay tal, sin embargo –lo aseguro. Aunque sí debo decir que el polen de la zona sabe un punto áspero en los flancos laterales de la lengua, amén de textura espesa requiriendo un esfuerzo adicional de las glándulas salivares. Distinto al polen de Morella, más dúctil a la boca –de menor intensidad, aunque más caprichoso y ligero su sabor. Más diletante.

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