Etiquetas

Uno de los efectos perdurables del siglo XVIII europeo, es la secularización del objeto trascendente que perseguía la religión. Iniciando un camino que no para, seguramente, hasta aquí. Y así, ni siquiera maravilla ver hoy causas perfectamente perseguibles como objetos mundanales –necesarios o loables- elevadas a la categoría de ideal regulativo del vivir: pongo, por ejemplo, determinadas formas radicales, domésticas y dogmáticas de ecologismo o, por no divagar más allá, las formas nacionalistas de entenderse a sí mismos -y actuar. De mis lecturas de hace años, retengo en este instante aquellas de René Girard –La violencia y lo sagrado, El misterio de nuestro mundo, entre otras obras que a buen seguro el lector curioso no lamentará haber visitado. En esas páginas leí la institución del chivo expiatorio como origen del modo primitivo de la religión y, a raíz de ella, de la construcción y cohesión espiritual de una comunidad. Hallar el enemigo externo a quien culpar de las tensiones y miserias de la propia sociedad –con su dimensión sacrificial y expiatoria, y el sentido de reconciliación y unidad producido en la comunidad tras el sacrificio purificador. Cristiano él, este autor designa el sacrificio del Cristo como la puesta en evidencia de lo arbitrario e injusto del mecanismo sacrificial –de otro modo: de la responsabilidad de cada cual, y de todos, ante los demás y ante sí. Seguramente, la Ilustración europea no sospechó en su momento en qué magnitud se incubaba un modo romántico de dogmatismo capaz de una disolvente movilización. Una lectura ilustrativa y elegante, caución sobre todo para aquellos que –por encima de todo- piensan en inventar, o en haber construido ex novo, un sentimiento nacional.

©

Anuncios