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El estudio de la literatura, en época escolar, incurre con frecuencia en una mitomanía perniciosa: construir figuras, bustos, identificados con una obra perenne para siempre –inalterable. Tal si la esencia de la obra hubiera preexistido, descubriéndola y trazándola con fidelidad el escritor releído e inspirado. Y no digo que el estudiante no haya de pasar por ahí, por esa ficción transitoria en los años de su estudio –sobre todo porque ello lo obliga a fijar su atención, a valorar, a apreciar la unidad de una obra concluida. Ignoro cuántos años habrá de ocupar en una biografía este tiempo de acatamiento provisional y solemne de lo dado. Pero, y hablo de experiencia, lo mejor es cuando el adulto tutea a los clásicos –sin solemnidad, con el solo respeto de ser compañeros embarcados en una misma búsqueda. Entonces un nuevo escritor comienza su andadura –el hallazgo de aquella libertad que alumbra el que poseyó sin forzarlos tradición, abnegación y método. Esa libertad que cada día se confirma y acrecienta –con la creación, sorbo a sorbo, de un hacer inconfundible y un estilo.

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