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Al iniciar estas líneas, debo reconocer que pretendí inicialmente elaborar un decálogo a este propósito. Un decálogo ocurrente, pero sabio. Ambas cosas me faltaron. Ignoro si por lo fútil del tema –qué carajo, presumo que el veraneante exclama ante este juicio-, o más bien por la evidencia adquirida por tantos en estos menesteres. Lo cierto es que, terminar las vacaciones de uno u otro modo, se me hace que tiene un algo de saber acumulado a lo largo de la vida de cualquiera. Para mí, sería inapropiado considerar el día del retorno al laboreo tal un gigantesco lunes –nubarrón que se disipa zambulléndose sin pensarlo demasiado. Me resulta más sólito –y más convincente y sabio- no dar importancia demasiada a la alternancia que jalona estos eventos. Como si del sucederse de las estaciones del año se tratara. Vivir como quien trabaja, vivir como aquel que se expansiona. Salvo penosidades –es claro. Sin exceso de ilusión y sin desabrimiento alguno –tal quien dejó de fumar, por la facilidad con que lo hiciera en su día y por ejemplo.

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