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No es lo peor que un partido grande se desinfle –por incompetencia, insensatez mediocre, prevalencia del interés particular, internos califatos, o por desnortado ánimo de supervivencia propia. Lo peor es el motivo que a ello lleva: por qué los incompetentes, los mediocres, insensatos… se alzaron con el dominio del aparato entero; por qué el interés particular de dirigentes pudo subrogar el que el partido en sí mismo defendiera; por qué la supervivencia del partido se reputa superior al interés del común generalmente. Lo peor, también, el caldo corrompido en que tales despropósitos se gestan. Todavía peor que no ya la militancia, mas la ciudadanía misma, se alineen -entonces un problema no moral, ni de higiene o de decoro, sino perentorio y práctico. Por no decir cuando los partidos, por los antedichos motivos, no encauzan en concreción y realismo las aspiraciones difusas del común –no argumentan ni articulan. Entonces un espacio sin razón, sembrado de oportunismo: tierra de nadie o campo de alicortas estrategias -al precio de una difusiva, dañina y concertada pestilencia.

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