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Quiero decir, amigos y lectores, que este consuetudinario escrito que aquí plasmo –día a día, me trae hasta el umbral de la presencia vuestra. Y sí, así lo digo aunque alguien pudiera aventurar que no soy quién para decidir cuál de vosotros me dé oídos, me admita ante sí mismo. De hecho, nuestros actos –si no son de supervivencia escueta- alcanzan su eficacia cuando otros los saben, los enjuician o valoran. Y éste, de escribiros, no es de supervivencia –mas ocioso, innecesario a lo inmediato, y culto por lo tanto. Al menos, si vosotros concedéis que la cultura comienza donde nuestros actos sobrepasan la necesidad primaria o perentoria de la vida. Os escribo, por tanto, en culto y para cultos. Quienes arriman al muro la lanza del venador tras la fatiga, el útil del labriego, la pluma del letrado –para adentrarse en este juego de azulejos de las letras que se agrupan, que suenan y consuenan para abrir algún sentido. Y no importará el tema, por lo tanto. Os escribo, así, con la seriedad de aquel que juega –con la serenidad de quien siente un reverbero más allá, o en la otra orilla.

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